No es la primera pandemia y tampoco será la última

Ojalá esta pandemia no cumpla el ciclo de negación-resignación-olvido que caracteriza a nuestra historia reciente y sea generadora de un nuevo modelo de salud que inspire la suficiente confianza como para que nadie se sienta necesitado o impulsado a ocultar y manipular las cifras. Esta actitud dificulta que la investigación científica pueda seguir avanzando en pro del bienestar de todos. Conocer las cifras no permitirá evitar que vengan nuevas pandemias pero sí, al menos, que puedan detonar en desastres.

Dra. Inmaculada Simon. Directora del Instituto de Estudios Sociales y Humanísticos (IdeSH), Universidad Autónoma de Chile

Un poco de historia para comprender. Una mezcla de lo militar y religioso acompañó a las huestes de conquistadores que llegaron a América desde Europa portando una serie de virus y patologías para las que la población autóctona no estaba preparada y que por ello pagó un precio incalculable. Las muertes fueron atribuidas, con frecuencia, a la justicia divina.
 
Las cifras de víctimas mortales del sarampión, la viruela, la gripe o la escarlatina, enfermedades que ya no eran especialmente virulentas en la Europa del Renacimiento, son difusas pues carecemos de datos precisos. Sherbourne Cook y Woodrow Borah, para el caso de los grandes imperios mesoamericanos, y Nathan Wachtel, para las civilizaciones andinas, han desarrollado investigación histórica en torno al tema estableciendo datos que han sido muy controvertidos y criticados enfrentando a “maximalistas” y “minimalistas” en cuanto a la cantidad de víctimas. Más allá de la investigación cuantitativa, la cualitativa pone en evidencia el impacto de dicho encuentro y corrobora que fue un gran aliado involuntario de los conquistadores.
 
A partir del siglo XVIII comienzan a inocularse estos virus con vacunas como la de la viruela, que contribuyeron a ir paulatinamente, junto con la adaptación de los sistemas inmunitarios, erradicando ciertas enfermedades. No obstante, a finales del siglo XIX y principios del XX la viruela aún seguía latente en Chile y todavía es posible encontrar rastros de la oposición a las campañas de vacunación en las primeras décadas del XX, cuando se estableció su imposición obligatoria.
 
Junto con la viruela, el siglo XIX será el de las grandes epidemias del cólera, algunas de las cuales han sido profusamente estudiadas por investigadores como Rafael Sagredo. A pesar de los avances médicos y del creciente interés por la estadística, todavía resulta complicado para la historiografía aportar datos precisos sobre número de víctimas y de contagios en Santiago y, más difícil aún, en las demás regiones.
 
A esta debilidad de los datos atribuible a la falta de rigor y sistematicidad de la salud pública propia del Antiguo Régimen y de las primeras décadas transcurridas desde la Independencia en las que el ejercicio de la medicina se reducía al ámbito privado y los escasos centros de beneficencia pública eran más bien lugares a los que se llegaba a morir antes que a curarse, contribuye la ocultación consciente de los mismos.
 
Esta se produce, en ocasiones, por parte de los afectados y, en otras, por parte de las propias autoridades responsables de la salud pública que buscan con ello eludir responsabilidades. En el primero de los casos sirvan como ejemplo para el siglo XIX los episodios de cólera y de viruela. Estas epidemias por su alto grado de contagio llevaban a las autoridades locales a tomar medidas muy drásticas entre los afectados que iban desde el confinamiento obligatorio en hospitales y lazaretos hasta la quema de las viviendas de los enfermos, así como de sus posesiones, lo que solía dejar en la indigencia y absolutamente expuestos a sus familiares y allegados.
 
Otra razón para mantener el silencio era el hostigamiento de que eran parte las víctimas a manos de sus vecinos, quienes llegaban a ser muy radicales sobre todo en lugares donde el hacinamiento estaba a la orden del día como los conventillos en los que se concentraban los trabajadores urbanos de las principales ciudades del país. El miedo a los linchamientos, a perder el trabajo o a quedarse sin sustento, unido al pánico que se tenía a los hospitales considerados antesalas de la muerte en la etapa anterior a la institucionalización de la medicina preventiva, llevaba al encubrimiento sistemático de las víctimas por parte de sus propios familiares. La investigación médica y la investigación histórica han tenido, por tanto, que lidiar con esta ocultación de datos para poder seguir avanzando en sus hallazgos.
 
Por otra parte, en tiempos de crisis epidémicas los controles sanitarios en los pasos cordilleranos se volvían exhaustivos. Tal y como relata Rafael Sagredo, la primera víctima de la epidemia de cólera de 1886 había introducido la enfermedad proveniente de Argentina. Seguramente esto contribuyó a que, durante la gripe española, en el paso de Las Cuevas, se desinfectara a los chilenos que pretendían regresar desde la Argentina, país en el que se desataron también brotes xenófobos contra españoles e italianos ante la idea de que el virus había entrado al país por el puerto, con los pasajeros del Demerara. Esta tendencia a culpabilizar y satanizar a “los otros” ha tenido en ocasiones consecuencias mucho más dramáticas, como los pogromos contra los judíos a quienes en varios países europeos acusaron del envenenamiento de pozos durante la peste negra.
 
Los puertos fueron otro foco de entrada y salida, como ocurrió con la gripe de 1957, que ingresó en Valparaíso y se cobró la vida de miles de personas (adultos mayores y niños principalmente) y que fue tan mal gestionada por el gobierno de Ibáñez del Campo -un gobierno, por cierto, ya muy debilitado por las huelgas de trabajadores que se sucedieron tras la revuelta de la Chaucha a finales del gobierno de González Videla- que le costó, finalmente, la presidencia.
 
Ante la inminencia de la crisis y la incapacidad del deficiente sistema de salud pública y privada para atender todos los frentes, una de las medidas adoptadas por las autoridades fue insistir en la educación higiénica de la población culpabilizando de la crisis a los más pobres. Evidentemente, una de las mejores maneras de prevenir el contagio era el aislamiento, práctica que venía realizándose desde la implementación de las primeras topografías médicas que delimitaban las zonas de contagio en torno a las cuales se establecían las cuarentenas. Otra recomendación era insistir en la higienización de las superficies con agua y productos desinfectantes y una tercera sugería la necesidad de guardar la distancia social correspondiente. Pero en un momento en que la cuestión social estaba en boca de todos y en que proliferaban en la prensa las denuncias contra la segregación social, el hacinamiento en conventillos, la falta de atención médica y la urgente necesidad de instaurar un sistema integral de abastecimiento de agua y saneamiento en las ciudades, las medidas profilácticas de las autoridades sanitarias resultaban, cuanto menos, difíciles de llevar a la práctica lo que se traducía en alarmantes cifras de contagiados y fallecidos.
 
Estas tragedias nos llevaron, no obstante, a la toma de conciencia de la situación de indefensión en que vivía buena parte de la población en materia de salud e higiene, lo que dio paso a una etapa de desarrollo de la medicina social que se fue consolidando hasta la década de los 70 del siglo pasado lo que, sin duda, fue un gran avance aunque hoy por hoy sea insuficiente, como hemos podido comprobar.
 
A la luz de lo que está ocurriendo en la actualidad, la similitud entre pandemias es evidente. Llama la atención la recurrencia de varias actitudes como la culpabilización de las víctimas, la ocultación de las cifras y las comparaciones absurdas. Pareciera que la universalización de los virus ha sido más rápida que la de las conciencias y que continuamos aferrándonos a intereses particulares, nacionalismos, oportunidades de negocio, etc., antes que preocuparnos por lo que realmente importa. En un mundo globalizado como el nuestro urge acabar con las visiones unilaterales y cortoplacistas y pensar y actuar de manera coordinada con enfoques de largo alcance para mejorar los sistemas de salud y las condiciones de vida de la población en su conjunto.
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