La responsabilidad como un fin último

Una vez más aparece esa palabra ante nosotros, responsabilidad, con su sólida definición, es uno de los principios humanos más significativos. La capacidad que habilita a la persona poder elegir frente a las circunstancias que la vida le presente, y optar como relacionarse con el otro, consciente, intencionada y libremente. Desde ese punto, asumir todas las consecuencias que genera este acto. Porque la responsabilidad es una virtud que se encuentra solo en aquellos que poseen una libertad verdadera.

Raúl E Astudillo Loayza. Investigador asociado al Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Chile

En octubre de 2019 nuestra sociedad en su conjunto se enfrentó violentamente a una realidad nueva, confusa e incluso alienante. Un aparente orden establecido desapareció con el paso de las horas y los días. Imágenes venidas de otro tiempo, de discordias y de caos, alojado en el inconsciente de las generaciones mayores. Revelándonos que a pesar lo transcurrido, aún hay tareas pendientes, equilibrios por establecer y voces por escuchar. Las pérdidas derivadas -materiales, y sobre todo las humanas- serán el peso que todos deberemos asumir y sobrellevar.
 
Previamente, cumplíamos frente al concierto de las naciones, con el epitome de ser una moderna democracia liberal, tal como lo describe Fukuyama (2016). Poseímos los tres componentes claves del orden político -el Estado, el principio de la legalidad y la responsabilidad-, al menos así nos veían y nosotros mismos lo asumimos como un rasgo identitario en nuestro desarrollo. Pero dichos elementos deben ser complementarios y, por lo tanto, actuar en consecuencia. El Estado para ser eficaz e impersonal, debe actuar mediante la ley, la que debe ser clara e igualataria para todos en su aplicación. Sucede, cuando los gobiernos de turno dejan de ser responsables, invitan al incumplimiento pasivo, a la protesta, a la violencia y, en casos extremos a la revolución; el rasgo distintivo de una democracia liberal que verdaderamente funciona se manifiesta cuando sus tres vertices, se refuerzan mutua y permanentemente.  
 
Pero algo venía madurando, imperceptible al inicio, como toda colisión, convirtiéndose en la catástrofe a la cual nos expusimos inconscientemente, ¿o tal vez no?, Levistsky y Ziblatt (2018), establecen cuatro singularidades muy distintivas, que nos permiten visualizar algunos hechos que por separados pueden no ser lo suficientemente nitidas, y que iniciaron en paralelo su derrotero para terminar uniéndose y dando por resultado la experiencia por todos vivida. En primer término, el rechazo o débil aceptación de las reglas democráticas del juego, en este caso por algunas minorías organizadas, ante la complacencia de una mayoría pasiva, pasando a un nivel superior. La negación de la legitimidad del adversario político sea por el gobierno del momento o la oposición, tachándolo con el displicente mote, de rival, y derivando, en la intolerancia o derechamente el fomento de la violencia. Velada o abierta y, por último, de manera imperceptible, la predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.  
 
Si todo lo anterior, no nos provoca un sentido lógico de la realidad, o creemos que no corresponde a la situación y todas sus vicisitudes asociadas. Si como resultado no reflexionamos al respecto, implicará inevitablemente que los procesos que ya están en marcha. Sólo será un eslabón más en la cadena de sucesos de nuestra historia, del cual no sacamos ningún aprendizaje, y así cumplir la sentencia que reza, la experiencia sin sapiencia pasará a convertirse en sólo una vivencia. Y como colorario, y como suele suceder la palabra aquella, flota en el ambiente, ¿quiénes serán los virtuosos, somos parte de ellos? o ¿ya partieron y sólo quedamos los otros?    

 

  • Fukuyama, F. (2016). Orden y Decadencia de La Política, Deusto.
  • Levitsky, S. & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.
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