Cien años de la ley de instrucción primaria obligatoria: hombres cultos y visionarios

Hacía solo 32 años de nuestra independencia y un grupo de intelectuales, políticos y educadores brillantes atentos a la necesidad educacional de los chilenos y al progreso del país, crearon una de las dos primeras Escuelas formadoras de Profesores Primarios, o de Enseñanza Básica, de América Latina. La Escuela Normal de Preceptores, José Abelardo Núñez, cuyo primer director fue el asilado político argentino, Domingo Faustino Sarmiento, futuro presidente de ese país.

Regner Mendoza, Profesor Normalista

Esta institución fue la primera responsable de educar a los habitantes de un país que en ese tiempo mostraba un 80% o más de analfabetismo y su clase trabajadora del campo, de las minas y de la ciudad vivían en la miseria y sin ninguna posibilidad de ascender en la escala social. Imposibilitados incluso de valorarse a sí mismos o de entender la realidad en que vivían.
 
¡Qué difícil tarea la de los profesores primarios desde siempre! Modelando a seres humanos a través de la dura realidad de la geografía chilena, en cada rincón de la patria, más allá de la soledad, el frío o el calor extremo y casi sin recursos materiales. Hasta muy avanzado el siglo XX una escuela en la Araucanía andina, por ejemplo, era con frecuencia de dos piezas una en la que vivía el profesor: su comedor y dormitorio y una segunda donde hacía clases a alumnos de todos los niveles básicos. Y no sólo enseñando a leer y escribir, el primer paso, entregándoles conocimientos básicos tan importantes para conocer y acercarse al mundo. Intentando asimismo, desarrollar sus capacidades, talentos y habilidades. Enseñándoles a pensar, a valorar, a querer a su patria y a incorporarse a ella y a aportarle lo mejor de cada uno, incluso sus vidas en las guerras que el país debió enfrentar, siempre triunfador.
 
Avanzando el siglo XIX y en especial iniciado el XX, se fueron creando nuevas escuelas formadoras de profesores primarios, tanto para hombres como para mujeres, en las más importantes ciudades de Chile. Las hubo, entre otras, en Antofagasta, en Copiapó, en La Serena, en Chillán, en Victoria y Valdivia. Y para mujeres, en Santiago (Números uno y dos), en Curicó y en Angol.
 
El prestigio de estas instituciones formadoras fue tal que algunos de sus maestros y directores fueron invitados para organizar los sistemas educacionales de países de Centro América y de América del Sur. Todas ellas como instituciones estatales y públicas dependían finalmente del Ministerio de Educación, de la Dirección de Educación Primaria, a partir del siglo XX, y de las Direcciones provinciales de Educación.
 
La obra se interrumpe abruptamente cuando en el año 1974, durante la dictadura militar, todas las Escuelas Normales fueron cerradas y sus edificios entregados a variadas instituciones, algunas de ellas universidades estatales y privadas. Igual suerte corrió el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, hasta lograr finalmente convertirse en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.
 
La consecuencia más importante de tal decisión que han pagado dolorosamente el país y sobre todo las generaciones más jóvenes ha sido, durante muchos años desde entonces, la mala calidad de la formación de sus profesores, responsabilidad de instituciones no preparadas para ello, inspiradas en la competencia, en el interés económico privado, o de grupos de poder. Y a esto se sumó los intereses, la improvisación y la poca claridad respecto de la real importancia y del valor de la educación y de sus proyecciones, que mostraron los gobiernos que continuaron a la Dictadura.
 
Los profesores normalistas responsables de la educación primaria o básica del país durante más de ciento cuarenta años, con su preparación, mística y tesón pusieron los cimientos del alma nacional. Y enseñaron también a mantener un sistema republicano y democrático y a defenderlo contra los dolorosos intentos de imponer dictaduras que tantas vidas han costado en la historia del país. Ayudaron asimismo, a fortalecer los espíritus para superar las duras pruebas que les ha puesto con frecuencia la naturaleza de nuestra tierra.
 
No hay que olvidar tampoco que, a pesar del gigantesco aporte de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria de 1920, solo se obtuvo la educación gratuita y pública para los primeros cuatro años de educación. Con el tiempo se extendió a seis años, durante el gobierno de un educador por excelencia, el presidente don Pedro Aguirre Cerda. Creció a ocho la obligatoriedad con el presidente Eduardo Frei Montalva y finalmente en el siglo XXI, con el presidente Ricardo Lagos Escobar se extiende a doce años con la condición de gratuita y obligatoria.
 
En consecuencia, hasta esa fecha eran los profesores de educación primaria o básica, los de mayor responsabilidad real frente a la educación de los chilenos.
 
Fui uno de los profesores normalistas, que tuvo el privilegio de estudiar y titularse en la Escuela Normal Superior José Abelardo Núñez de Santiago, y trabajar ocho años educando a niños de mi patria. Lo seguí haciendo como profesor de estado, con el título obtenido en la Universidad Técnica del Estado, en la Enseñanza Media, incluso en la universidad.
 
El homenaje no lo pido para mí, sino para todos mis colegas que dedicaron una vida plena y con amor, mística y trabajo incansable modelaron a los niños de Chile.
 
¡El mejor homenaje para un profesor normalista, especie en extinción, sería que continuaran creciendo y fortaleciéndose, con el cuidado de todos los chilenos, los árboles plantados por los Normalistas en los patios de cada escuela y en cada rincón del territorio; y encendidas intensamente las luces que ellos prendieron en todas las aulas!
Menú
X